Miguel A. Aviles

Columna invitada

Mi gusto es… (O la otra mirada) | Me dio el rotavirus o parvovirus o los dos, pero el coronavirus no

Así como ahora nos informan del coronavirus, el rotavirus, según hemos leído, es una enfermedad infecciosa que causa en los afectados gastroenteritis o infección intestinal. El parvovirus, en cambio, es la principal enfermedad viral canina. Afecta principalmente a cachorros de perro, produciendo alteración de las vellosidades intestinales, manifestada clínicamente como diarrea sanguinolenta y maloliente, junto con un deterioro del estado general del animal.

Una vez yo padecí el primero, Pero parecía que tenía los dos. Así de mal me sentía. Se manifestó en la víspera de un 31 de diciembre, bien me acuerdo y yo supuse que era por tragón.

Ocurrió en 2012, cuando, en la salud de mi madre, todavía quedaban esperanzas. Fui al puerto para recibir al Año Nuevo junto a ella y el resto de mi familia, pero nunca pude. Bueno, no pude como yo tenía planeado o sí, pero no me di cuenta o ya ni sé. Había departido con la banda, esa caterva de grandes amigos secundarianos que tengo en La Paz y a casa de mi madre, regresé en la madrugada. Sin embargo, luego de un par de horas y cuando empezaban a cantar los gallos, desperté con el cuerpo desguansadamente adolorido. La cabeza me taladraba, los ojos parecían dos brasas, y de temperatura ni se diga. Parecía el hombre llama, no exagero. Por eso les digo que se me hace que tuve los dos padecimientos: el rotavirus y el parvovirus juntos.

De evacuaciones ni se diga. Tampoco las náuseas querían irse. Al contrario, parecía que tenía un mes de embarazo. Mi cara, según me decían esos motivadores que nunca faltan, que parecía la de José José en sus memorables épocas de farra.

Confiado, tomé lo normal para lo que se suponía que era algo normal. Mi madre aún pudo sugerir y me zampé un paracetamol y el suero que fue posible.

Nada se fue, salvo mis fuerzas y el apetito. Aquel tormento empeoró y así pasaron muchas, muchas horas.

La noche del Año Nuevo llegó. También llegó un médico que atendería a mi madre y aprovechando la aviada, lo consultaron para saber que podía salvar del martirio a ese que yacía aislado en el cuarto adjunto. Lo que haya sugerido, nunca lo supe. Yo hubiera deseado que mi madre se levantara con ese vigor que siempre tuvo y me preparara un té de borraja como alguna vez siendo más joven lo hizo para quitarme el dengue, la malaria, la tosferina o lo que fuera, pero supo desaparecer gracias a los brebajes que me dio y a ese amor que supo darme de tantas maneras toda la vida.

Esa noche escuché voces, musiquita allá a lo lejos y parabienes por el año que estaba por llegar. También me llegó el olor a todos esos platillos que en cualquier otro momento significan el deleite, pero esa vez significaban puritita repulsión.

Pasadas de las doce, empezaron a llegar las visitas de rigor. Uno que otro preguntó por mí. Los anfitriones, sin perder de vista el plato de menudo, dieron pormenores de lo que me ocurría y no faltó quien pasó a verme al cuarto para darme el abrazo o para compadecerme de mí.

Si hubieran sabido a ciencia cierta cómo me sentía, les juro que me dan los santos óleos o se despiden de mí para siempre, como yo lo hice con mamá dos meses más tarde, en ese marzo de claroscuros que por ahí ya venía.

Así de fuerte me pegó todito eso y a los dos días, cuando la gelatina que nomás probaba ya me salía hasta por las orejas, mi hermano Nico me aventó al asiento trasero de no sé qué carro y me llevó al doctor. Antes bien, yo recibí el año como jamás lo hubiera imaginado. Quizá para entusiasmarme, esa madrugada me contaron que vino zutano y que me vino a ver mengano, todos a darme sus abrazos. Qué buen detalle, pienso ahora, pero en ese rato, francamente me daba lo mismo si llegaba Juan Escutia, Tito Guízar, La Malinche, Rosy Mendoza, Maradona o El Chapulín Colorado: a nadie hubiera reconocido. Me dormí yo creo que un rato porque les juro que soñé que estaba en un mundo donde todos éramos inmortales y no había ninguna enfermedad: ni el cáncer, ni el rotavirus, ni una migraña, ni dolores en el corazón, ni parvovirus ni mucho menos, claro, el coronavirus.

Creo que desperté cuando mi madre me daba un beso y me apretaba con un abrazo fuerte. Creo, porque a lo mejor lo soñé o ya ni idea tengo. Les digo que hervía en calentura y me sentía verdaderamente de la patada. La doctora que me atendió en el consultorio dijo, nomás al verme, que yo tenía rotavirus. No hay necesidad de tomar nada, afirmó. Sólo es un virus y se va solo en unos días, aseguró como si, la muy animosa, me estuviera dando la gran noticia.

Cuando regresábamos a casa, vi jugar a un par de perros, como si estuvieran festejando el Año Nuevo, o como si nunca les hubiera pegado el parvovirus.

Miguel A. Aviles


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